miércoles, 28 de noviembre de 2007

Crónica "El límite de la cordura"

El límite de la cordura

Levanto la mirada; me encuentro entre las fértiles tierras de Lurín con una vista impresionante a las costas de Pachacamac; la brisa de mar y el radiante sol me acompañaban esa tarde. Aunque podríamos estar imaginándonos una gran casa de playa, esto es todo lo contrario. Estoy en la entrada de “Las Palmas Zona E”, un pueblo joven en la parte más alta de un cerro.

No pasaron ni cinco minutos de estar caminando por la zona, cuando una robusta señora de tez morena me interceptó tocando el pito que tenía en la mano. Luego, con un tono de militar, me preguntó: “¿Quién es usted?, ¿Qué hace acá?”. Ante lo ‘amical’ de las preguntas, no dudé en decirle que era estudiante de universidad. El tamaño de la señora me cohibió, mientras que al mismo tiempo un señor me tomaba fotos.

Luego de presentarme, la enorme señora prosiguió a hacer lo mismo. “Buenos días, disculpa si te sentiste agredido, pero soy Ludomila Arroyo, la encargada de seguridad. En estos días estamos con varios problemas de infiltrados que vienen a fregar”. Sentí que aún no me creía y tuve que decirle que era estudiante de comunicaciones y explicarle el porqué de mi visita.

De pronto escuché: “Vecina, vecina”. Y una pequeña señora, de cabello corto, baja estatura, piel canela y un ovalado cuerpo se acercaba donde nosotros. “¿Qué tal? Buenos días, soy Jacinta”. “Buenos días señora”. “Disculpa vecina y el joven ¿Quién es?”. Sin la necesidad de intermediario le dije “Soy Víctor, estudiante de comunicaciones en la universidad”.

Jacinta me comentó del problema que están pasando “¡Ay, joven, no sabe!, acá estamos hartos del alcalde de Pachacamac”. “¿Por qué señora?”. “Es un bandido, el otro día vinieron a hacernos los planes de saneamiento y él mando a su gente y botó a los ingenieros”. “Momento Jacinta, explícale bien al joven, que así no va a comprender nada”. Ludomila no se alejaba mucho de la verdad, no tenía ni idea a que se refería; supongo que debido a mi rostro de desconcierto fue que la interrumpió.

Con un tono ya menos excitado empezó: “Bueno, nosotros vivimos acá hace más de treinta años, de los cuales veníamos aportando los tributos a la municipalidad de Pachacamac, pero ya no más. ¡Mira! De qué sirve haber pagado veinticinco años si aún seguimos rodeados de tierra”. Ludomila intervino y, entre risas, mencionó: “Imagínate que nos cobraban por áreas verdes, ¡Áreas verdes!, ¿Acaso ves alguna área verde por acá?”.

Me contaron varios problemas, entre los que resaltaron “… y el colegio, son sólo dos salones, divididos cada uno en dos. Ahí ya no entran más chicos; nosotras queremos mandar a los chicos al colegio, pero en un salón hay chicos de primer grado como de cuarto y así no van a aprender nada”. Yo le daba la razón asentando la cabeza cada vez que decían algo que me parecía.

Jacinta también dijo que no tenían posta médica y si alguien se enfermaba en la noche, no había nada que hacer. Con una frialdad ganada por la resignación, Ludomila me contó: “Yo perdí así a mi hijo, tenía cinco meses de embarazo y a las dos de la madrugada me vino un principio de aborto. Ni mi esposo, ni nadie me pudo ayudar, la posta más cercana estaba a eso de una hora”.

Después de escuchar los problemas comprendí el porqué de la molestia de los pobladores con el alcalde, pero me di con la sorpresa que eso no era todo. Los residentes empezaron a recibir ayuda de parte de la municipalidad de Lurín, haciendo algunas obras por el lugar, cosa que en treinta años la municipalidad de Pachacamac nunca había hecho. Entre esas obras están los planes de saneamiento que el alcalde de Pachacamac no dejaba realizar.

“Nosotras hemos llegado a un acuerdo con el alcalde de Lurín. Ellos hacen obras para nosotros y, después de tenerlas, les pagaremos a ellos los tributos”, dijo Jacinta, mientras que Ludomila ya empezaba a hablar nuevamente: “En cambio, el alcalde de Pachacamac, sigue enviando a sus hombres para impedir que Lurín haga algo, con el pretexto que nuestra zona es un límite en controversia, por lo que no se puede hacer nada ahí”.

“No es justo, pues, joven. Nosotros queremos salir adelante y no nos dejan, ¡estamos en Lima!, y no tenemos ni agua, no tenemos pistas ¡ay!”, reclamaba Jacinta, mientras que su cara se ponía morada de la cólera.

En ese momento, un camión repleto de cebollas para frente a la casa de Jacinta que, dicho sea de paso, es también el comedor popular de la zona. Del camión baja un hombre, era Vicente, el esposo de Jacinta. “Gracias por el aventón. ¡Ya sigue, sigue no má!”, le dice al chofer del camión.

Jacinta me presentó y le comentó que me estaba explicando todos los problemas que les ha causado el alcalde. “Buenos días joven. Y ¡sí!, este alcalde es un maldito, ni a mí, ni a Jacinta nos recibe en su despacho, no quiere saber nada de nosotros, dice que somos unos revoltosos”. Con tono de preocupación Jacinta dijo: “Ojalá no quisiera saber realmente nada de nosotros, en cambio, ha mandado a tomarle fotos a mis hijos y eso sí me preocupa. Por eso tanta seguridad la que estamos teniendo ahora”. Como excusándose por el pitido, las preguntas y las fotos que me tomaron.

Mientras los dos hijos de Vicente jugueteaban entre sus piernas, su cara demostraba su preocupación, y me explicaba el temor que tenía por el futuro que iban a tener sus hijos, con una mala primaria y, con suerte, secundaria, si ésta se llega a construir.

“¡Pero eso sí! acá no hay pandilleros, ni ladrones, acá hay pura gente trabajadora”, decía Ludomila con orgullo. “Nosotros no dejamos que las barras, ni las pandillas entren por acá, o que nuestros hijos sean unos futuros delincuentes. Con lo poco que tenemos, nosotros los queremos llevar por el buen camino”, decía Jacinta, y afirmó que podía caminar tranquilo por la zona, porque nada iba a pasar.

Vicente mencionó que los chicos no sólo no están metidos en drogas o en pandillas, sino que han formado un pequeño grupo de fulbito, el cual acaba de salir campeón y Jacinta, que demostró ser la más suelta de huesos, aprovechó para decir “¿Por qué no nos ayuda trayendo pelotas de fútbol para los chicos?” Haciéndoles señas a estos para que apoyen su moción: “Sí o no, chicos, además acá los muchachos son los campeones en fulbito y todos los domingos se hacen pequeños campeonatos”.

Sin pelos en la lengua y apoyando la moción de Jacinta, Ludomila dijo “Y ya se viene la navidad, y la navidad es de los niños. Así que aceptamos cualquier apoyo que se pueda”.

En ese momento, sabía que me habían puesto en jaque, y era jaque y mate “Bueno no les prometo mucho, pero aunque sea conseguiré las pelotas”. De esa manera estábamos quedando y decidiendo una fecha para poder llevar las pelotas. Cordialmente, me despedí de Jacinta y Ludomila y ellas también de mí “Hasta luego joven, lo esperamos pronto”. Me di la mano con Vicente despidiéndome, él me miró directamente a los ojos, talvez de esa manera me quería decir que estábamos sellando un acuerdo.

¿Entre la espada y la pared? Letreros de distintos partidos políticos, distinta ideología que pugnan por un mismo terreno.

lunes, 29 de octubre de 2007

Crónica "Hijos del mar"

Hijos del Mar

El Terminal es pequeño. Su entrada es adornada por una variedad de diminutos restaurantes que te ofrecen todo lo imaginable que se puede hacer con los frutos del mar, y lo inimaginable también. A medida que te adentras en él, el hedor a pescado empieza a apoderarse del ambiente; al fondo, antes de llegar al muelle, es la zona de los pescadores.

Ahí, entre redes y carnadas encontré a Juan. Es un hombre alto, de tez morena, con manchas producidas por el sol. Sus manos ampolladas y una mirada de cansancio son testigos vivos del duro trabajo que realiza todos los días.
La conversación empezó con un intercambio de bienes por especies; bueno, dinero por pescado, digamos que era lo justo para que se soltara y quisiera hablarme. "¿Qué tal, como va la pesca después del terremoto?". Tenía que empezar hablando con algo que le cause interés. "Difícil joven, la mar aún sigue muy picada". "¿Si está muy picada no entran?". "No, a la mar se la respeta, es como tu padre diciéndote `No quiero que vengas a garrar mis cosas´. Y al padre no se le desobedece". "Cómo hicieron los días después del terremoto, supongo que estaría más picado aún". "Sí pues, por eso le digo que difícil, los primeros días después del terremoto nadie se metió. El año pasado hubo también un temblor y la mar estaba picado, aunque menos, pero picado y dos compañeros desaparecieron, hasta ahora no se les encuentra sus cuerpos. Por eso esta vez nadie quiso meterse, recién al tercer día nos metimos. La mar aún seguía brava, pero la necesidad ganó, tenía que traer algo para la casa". "Pero… ¿La pesca ahora ya se normalizó?". Con un gesto de preocupación, mientras ordenaba sus redes, me dijo "No, antes nosotros pescábamos acá nomás, buscábamos los peces junto a las rocas, pero ya no hay. Ahora tenemos que irnos hasta el fondo".

En ese momento, hubo una interrupción; era María, la señora a la que Juan le había encargado que corte los peces que compré. Fue un buen momento para cambiar de tema y saber un poco más de su vida.

"Y… ¿Hace cuánto que pescas?". "Yo tengo pescando treinta años, empecé a los diez". "A los diez, ¡asu!, ¿Cómo así?". "Mi padre también era pescador, así que él me trajo a los diez y, bueno, acá estoy ahora". "¿Tú tienes hijos?". "Sí, tengo dos, una mujer y un varón". "¿Y tú vas a seguir con la tradición, tu hijo también va a ser pescador?". En ese momento dejó de arreglar sus redes, subió la mirada, justo a la altura de mis ojos y con un tono tajante, que rompió la pausada conversación me dijo "No, por eso me mato tanto trabajando, yo quiero para ellos algo mucho mejor; no es que no le agradezca a la pesca todo lo que tengo, ni a la mar. Pero el trabajo acá es bien duro, yo no quiero eso para mis hijos. Mi hija estudia educación, y el muchacho quiere algo de sistemas". La cara de satisfecho, de saber que estaba haciendo un buen trabajo con sus hijos lo colmó. "Sí, la educación es muy importante". "Claro, pues joven, la cosa no es quedarse acá, sino, progresar". Me quedé satisfecho con su comentario, ya sabía que me había otorgado bastante de su tiempo, así que me despedí. Estiré la mano y le dije "Adiós, ya regresaré de nuevo para comprarte a ti". Juan también estiró su mano "Hasta luego, joven, lo espero el próximo fin de semana".

En el Perú, lo increíble se vuelve creíble

La escultura “EL ojo que llora”, es más que un homenaje a todas las personas que perdieron la vida durante el conflicto armado que vivió el país, es también una manera de recordar, de obligarnos a no olvidar lo que se vivió, no por perversión; si no, para que no se repita. No obstante, hay quienes no piensan de esa manera, si es que piensan, y de una forma brutal digna de un animal (con el perdón de los animales) han pintado la escultura y destruido con una comba las piedras conmemorativas a las víctimas.
Justo cuando el ex presidente, Alberto Fujimori, ha sido traído al país para ser juzgado, ocurre este hecho, veinte personas señaladas como presuntos simpatizantes fujimoristas por la pintura naranja que utilizaron serian los culpables del atentado contra el monumento. Demostrando una vez más su falta de tolerancia, repudio a los derechos humanos y a la libertad de expresión; cosas que en el gobierno fujimorista era el pan de cada día.
Pero, como en el Perú nunca falta quien cree en la violencia, la apoya y ampara, Martha Chávez ha salido a decir que "aplaude" que alguien haya tenido el valor de atentar contra ese "monumento basura". Agregando que si por ella fuera hubiera ido también con su comba.
Por personas como la señora, es necesario repetir la frase que es bandera para protegernos de los actos de violencia vividos y que esperamos no volver a vivir.
PARA QUE NO SE REPITA

¿Cuánto más se tendrá que esperar?
Hasta la fecha el monumento no viene siendo reparado, ojala que la campaña que involucraba al alcalde de Jesús María, Enrique Ocrospoma, donde se quiso derrumbar el monumento, no tenga nada que ver con la demora en la reconstrucción del mismo.
Mirar albun de foto ---->
Escultura "El ojo que llora"

martes, 2 de octubre de 2007

Crónica "Un masaje de tacones altos en pies inmensos"

Un masaje de tacones altos en pies inmensos

Llegué a las galerías del Ovalo Higuereta. Entre tangas de leopardo y camisetas de fútbol estaba Nila, salón de belleza preferido por las stripers del “Moon Light” y de las más pedidas modelos de “Gamarra Fashion” ahí tendría mi cita con Fernando o “La Fer” como prefiere que le llamen.

Entré y dejé de lado las tangas y camisetas. Ahora era un rosado brillante, espejos por doquier, sillas color carmín y un sinfín de cepillos y peines los que llamaban mi atención. Hasta que apareció ella “La Fer”, media mas o menos 1.75, utilizaba trencitas y un cerquillo que intentaba ocultar las entradas características de un hombre de su edad (calculo unos 35 años), tenía puesto un Top azul con líneas rojas y un Jean ceñido a su delgado cuerpo que no le permitiría a ningún mortal decir que no es toda una mujer.

Saludó cordialmente y me dijo: hola muñeco ¿listo para tu masaje? Y yo, temeroso por aquella mirada coqueta que acompañó el saludo dije que si. Empezó con un lavado capilar y prosiguió a ponerme tres ampollas, a la segunda ampolla me contó un poco de su vida, me enteré que llego a Lima hace nueve años, porque ella es de Chiclayo, dijo que extrañaba mucho a su familia, por eso los llama casi todos los días. Le pregunté: ¿Por qué no vas a visitarlos? Y me respondió que no puede pisar Chiclayo porque su padre lo odia y no puede verlo. En ese momento le vi una pulsera de madera con imágenes de santos y para tranquilizar el ambiente tenso que se generó le pregunte si era católica, me dijo que sí y mucho, por ello perdona a su padre. Con esa última frase termino la charla; fue muy grato hablar contigo precioso, te estaré esperando para un reacondicionamiento capilar, y así de fácil se dio la vuelta y siguió con otro cliente.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Crónica "Monopolio bajo tierra"

Monopolio bajo tierra

Salí rumbo al Presbítero Maestro, mi madre siempre me dijo “Ahí está enterrada tu abuela y no sabes la hermosa escultura que tiene en su cripta”, aunque para ser sincero no tenía ni idea donde quedaba ese cementerio. Tuve la necesidad de pedir ayuda, necesitaba alguien que me guíe o al menos que me diga cómo llegar. Para mi buena suerte, al salir de la casa me encontré con mi tía Ade, ella si que es fanática de la tumba de mi abuela, me dijo “Espera un momento que te digo dónde es y te enseño unas fotos” yo me pregunté ¿fotos? de mi abuela o de su cripta, ¡en fin!, era ella la que me podría guiar. En casa de mi tía Ade, nos dirigimos a su cuarto. Abrió un pequeño fólder y me sacó una revista, en ella se encontraban fotos del mausoleo de mi abuela, la revista lo utilizó para hacer propaganda a un vestido de novia. Ya con una copia de las revistas y con la explicación de cómo llegar, me enrumbé a conocer el mausoleo familiar. Bajé del carro justo frente a la puerta del cementerio. Era la primera vez que iba a uno, apenas subí la mirada vi Jesús. Sí, era Jesús y no era ningún milagro, era una escultura del rostro de Cristo inmensa que estaba siendo tallada por los mismos hombres que tallaban las lapidas. Me encaminé a la puerta principal, en el camino me rodearon mujeres que vendían flores “Llévele flores a su familiar, embellezca su tumba”, me hubiera gustado poder llevarle flores a mi abuela. Me encontraba frente a la puerta número cuatro, y me encontré con el vigilante “¿Si, qué desea?”. “Buenos días, vengo a ver a mi abuela”. “¿Su ticket de pago?”. En ese momento me pregunte ¿Ticket de pago? Ya tenia la certeza que se venían los problemas “Disculpe, ¿necesito pagar para poder ver a mi familiar?”. “¡Tiene o no tiene!”. Ahora si era el colmo, no se si será culpa del neo liberalismo, de un consumismo exagerado o de la viveza del peruano; pero no estaba dispuesto a pagar por mi derecho a ver a mi familiar, con un tono violento le dije, le exigí que me diga donde se encontraba el encargado. Yo no pensaba quedarme ahí parado sin hacer nada. Entré a la Dirección, al menos eso era lo que decía el letrero sobre la puerta. Me encontré con un señor bonachón, vestía como el típico servidor público, su pantalón marrón, camisa blanca percudida y zapatos sin lustrar. Le dije que cómo era posible que cobren por entrar a ver a mi familia, pensé que me diría no señor, eso no pasa, quién le ha dicho eso; pero la respuesta fue otra, me afirmó que sí se cobra por entrar y hay tarifas para estudiantes de colegio, universidad y para el público en general; y las fotos son otro tema, por cada 10 fotos, tenía que pagar 12 soles. No lo podía creer. Le dije “Están lucrando con los muertos y con el derecho de todos”. El director al ver mi molestia, acepto que yo entre. “Los universitarios pagan cinco soles, pero como es tu familiar, te haré pasar”, me pidió mi DNI, copió el número, mi nombre y en el apellido. Se detuvo por unos momentos “Garrido-Lecca, ese no es… ¿ese no es el apellido de un ministro?”. “Sí, es mi primo”. En ese momento su cara cambió completamente, pasó de tener un rostro sarcástico y burlesco, a asustado y de respeto. Me causo gracia, si supiera que con mi familia paterna no me hablo y que si los veo, es por la muerte o cumpleaños de algún tío. Ya con la licencia en la mano, me dirigí nuevamente a la puerta número cuatro, aún estaba el vigilante. “Ya pago su entrada”, me dijo con un tono cachoso. “No, yo no necesito pagar entrada para ver a mi familiar” le contesté cachosamente y le di el permiso que me dieron en dirección. Caminé hasta llegar a “La Cripta de los Héroes”. Doble a la izquierda como me indicó mi tía. “¡Por fin!”. encontré la famosa estatua que desde chico mi madre la nombraba todos los domingos. Sí, era bonita, un hombre de bronce arrodillado, con los brazos cruzados, rosas en las manos y llorando al pie de una tumba de piedra. Me quedé examinando la estatua por un momento, fijándome en todos los detalles, las curvas, los músculos, las venas, hasta la expresión del rostro; en ese momento le di la razón a mi madre, era una escultura preciosa.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Empieza desde la secundaria


Centro de estudios:
Los medios de comunicación se empeñan en decir que los jóvenes somos unos individualistas, que ya no tenemos ideales y que no luchamos por nada; es difícil comprender esta máxima, si recordamos que los estudiantes conseguimos, saliendo a la calle, frenar al ex-presidente Alberto Fujimori Fujimori con sus macabras ideas de permanecer en el poder. Si es cierto que somos tan individualistas ¿Por qué le plantamos cara a la policía cuando fuimos duramente reprimidos en la Plaza Mayor?

Además, los estudiantes no sólo llevamos nuestras propias luchas adelante, sino que también estamos apoyando activamente todas las protestas que se dan contra el sistema o en busca de la paz. ¿Cuántas personas con menos de 18 años vemos en todas las manifestaciones?
Pero, claro cuando salimos a defender nuestros derechos, se dice, por parte de medios y políticos, que somos delincuentes, o que somos unos vagos porque lo que no queremos es estudiar; pero, nosotros sabemos lo que estamos haciendo cuando salimos a protestar contra su política y debemos seguir así. Sin embargo, no hay suficiente con esto. Contentarnos con las luchas actuales y con el número de personas que se involucran, sería conformista. No sólo debemos luchar nosotros, sino también todos aquellos que nos rodean.
Está ya suficientemente utilizada la frase de «En mi centro de estudios nadie hace nada». Pero ¿nos hemos preocupado alguna vez de saber si alguien pensaba lo mismo que nosotros?

Las asambleas siempre empiezan por una persona que convence a otra, y esa a otra y así sucesivamente; evidentemente, será difícil aunque no imposible movilizar a todo el centro de estudios en la primera ocasión. Pero, aunque sólo haya 5 personas en la asamblea, eso es un pequeño paso para el centro de estudios y un gran paso para el movimiento estudiantil. Así pues, la cuestión no es plantearnos que nadie hace nada, sino la posibilidad de convocar a los amigos y así empezar a hacer una asamblea.
Ese es el comienzo para movilizar los centros de estudio; ese pequeño esfuerzo puede hacer ganar una lucha. Si todos hacemos esto en nuestro centro de estudio puede significar no tener más masificación, más barracones... Es por esto, que aquellos que estamos concienciados no debemos ponernos en contra de los estudiantes, hasta ahora «no concienciados», sino debatir con ellos hasta que abran los ojos y vean la realidad en la que están inmersos.

Así podremos conseguir cambiar, de una vez por todas, la política derechista del gobierno y la idea que somos lacayos de las grandes potencias imperialistas.

Luchando junto a los demás
Tampoco hay que olvidar que los estudiantes, no vivimos fuera de la sociedad, recibimos también todas las bofetadas que el capitalismo le da a la clase trabajadora, pues, la mayoría, formamos parte de ella. Si hay recortes salariales, nosotros también nos sentimos afectados, ya que habrá menos dinero en casa. Si hay machismo en la sociedad también puede ser nuestra madre o hermana quien sufra violencia doméstica. Si recortan la sanidad pública, nosotros también tenemos que sufrir las largas listas de espera.

Pertenecemos a la clase trabajadora y debemos luchar junto a ella, en todas las movilizaciones y reivindicaciones que ésta realice contra este sistema explotador. Debemos tener presente que aunque no tengamos la fuerza material para paralizar el sistema, podemos encender la chispa que lo haga. Recordemos que no sólo podemos cambiar el mundo, debemos hacerlo.